Alfredo Kraus, la voz.
El pasado 10 de septiembre, se cumplió el décimo aniversario de la muerte de Alfredo José Kraus Trujillo, uno de los tenores más grandes de la historia. Se apagaba una de las voces de mayor personalidad y elegancia del mundo. Sólo tenía 71 años, pero la muerte de su esposa Rosa Ley, un año antes, fue tan dolorosa que su amigo el escritor canario J.J .Armas Marcelo, titularía su Tercera de ABC dedicada a él, «El Gigante que murió de tristeza> >.
Siempre recordaré la pasión que mis padres profesaban por este hombre inmortal. Desde niña su voz inconfundible era una constante en mi casa y sus grabaciones eran reverenciadas. Habían tenido la suerte de disfrutarlo en directo y siguieron su carrera artística desde su inicio. La admiración y respeto casi místico nos las transmitieron a mis hermanos y a mí, y estoy segura de que nuestro amor a la música en general y muy especialmente a la lírica, se debe en gran parte a este hombre de prodigiosa voz. El día de su muerte, al ver el reportaje que le dedicaron en televisión, lloré como si de alguien cercano a mí se tratara, y no era de extrañar ya que su voz me era tan familiar como la de las personas que me rodeaban.
Había nacido el 24 de noviembre de 1927, en Las Palmas de Gran Canaria, más concretamente en la Casa de Colón del barrio de La Vegueta porque allí estaban las instalaciones del diario Las Provincias que su padre dirigía . Otto Kraus era un austriaco asentado en Canarias, que contrajo matrimonio con Josefa Trujillo. Tenían los dos buenas voces y en reuniones familiares solían cantar. Pronto les acompañó su hijo Alfredo que formaba parte del coro infantil de su colegio Corazón de María. Sus estudios de canto comenzaron en su ciudad natal de la mano de Da María Suárez Fiol, estudios que compaginaba con los de Ingeniería Técnica fudustrial, carrera que terminó por deseo de su padre. Se incorporó a la Coral de la Sociedad Filarmónica al tiempo que participaba en conciertos y funciones benéficas . Todos alababan su voz y le animaron a dedicarse seriamente a la ópera. Marchó a Barcelona en 1949, estudiando canto con la profesora rusa Gali Marcoff. Sus obligaciones con la milicia le llevaron a Valencia, donde continuó sus clases con el maestro Francisco Andrés Romero. Años después siguió sus estudios en Milán de la mano de la española Mercedes Llopart. Participó en el Concurso Internacional de Canto de Ginebra, consiguiendo la Medalla de Plata junto a otra de nuestras sopranos más importantes; Teresa Berganza. Ante la muerte del tenor, la gran cantante comentaba en ABC: "Siento una enorme tristeza y una gran conmoción porque he perdido a uno de mis mejores amigos. El mundo ha perdido a una cantante único, irrepetible".
El éxito en Ginebra le valió su primer contrato, en 1956, en la ópera de El Cairo. Allí cantó Rigoletto y Tosca, ópera que pronto eliminaría de su repertorio. Puede decirse que fue a partir de este debut cuando Alfredo Kraus, comenzó una carrera imparable que le convirtió en el mayor tenor lírico del mundo dentro de su tesitura y de su selectivo repertorio italiano, francés y español, elegido con cuidadosa atención.
Indiscutiblemente se le ha considerado como el gran belcantista de su generación. En este selecto repertorio nunca olvidó nuestra zarzuela. Su representación de Doña Francisquita en 1956, todavía hoy es recordada como uno de los grandes espectáculos que se han dado en los teatros madrileños. Ante la grabación de esta obra diría:« nunca me cansaré de repetir que la zarzuela, si se hace con los mismos niveles de calidad que una ópera, es un género que entusiasma al público». Sería imposible enumerar los éxitos, premios y distinciones que le otorgaron a lo largo de su carrera en todo el mundo, al igual que recoger todas las cualidades que atesoró. Como cantante nadie discute su serenidad a la hora de abordar sus roles y era tal su profesionalidad que evitaba , cuando podía, viajar en avión para no perjudicar esa prodigiosa voz que tanto mimaba. Se cuidaba mucho y gracias al deporte, sobre todo a la natación del que era gran aficionado , mantuvo durante toda su vida un aspecto envidiable . Para él la voz «era el instrumento más difícil que existe, porque ni la oyes, ni la tocas, ni la ves ». A su muerte, esperada por sus amigos, apareció el hombre, un hombre muy familiar de gran humanidad, elegante y caballero que tras la desaparición de su esposa sólo aspiraba a morir. |