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Begoña Quiles
Colaboraciones

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Cantantes de la historia con historia. Manuel Utor “El Musclaire”

Cualquier cantante profesional sabe de sobra que para llegar lejos en el difícil mundo de la música debe  tener cualidades naturales y muchas horas de trabajo y de estudio. Sólo con una gran voz no se llega lejos y nuestro protagonista de hoy es un claro ejemplo. Manuel Utor nació en el popular barrio de la Barceloneta en 1862 y aunque su apodo era el de <> (mejillonero) trabajaba como estibador en el puerto de su ciudad.

Era una hombre jovial que cantaba en cafés y tabernas canciones populares y zarzuelas para un público amigo que aplaudía sus calderones y agudos introducidos caprichosamente. Tenía, lo hemos podido comprobar en una grabación de 1902, una asombrosa voz potente y brillante, pero le faltaba disposición musical, talento interpretativo y el tesón suficiente para estudiar hasta dominar el arte lírico. Cantaba a su aire, aprendiéndose las obras de oído sin ningún tipo de estudio ni dirección. Una de sus preferidas era Marina, que interpretó en escenarios modestos y en pueblos cercanos, lo que le hizo ser un personaje tremendamente popular en la Barcelona de la época. Un gran aficionado a la ópera se interesó por el fenómeno, poniendo toda su fortuna a su disposición, aunque tarde le llegaba la oportunidad a Manuel, cercano ya a los cuarenta. A pesar de todo, Don Bernardo Janzel confió en él y lo instaló en su casa , contratando a un maestro para que puliera ese diamante en bruto. Pero <> tenía que aprender de todo, pues todo lo ignoraba y a su edad no era fácil comenzar a solfear, pronunciar italiano o aprender lo más básico de una cultura general que nunca había necesitado. Con mucho esfuerzo y tras meses de trabajo, consiguió aprenderse de memoria la ópera La Africana y su mecenas logró que le probase el empresario del Liceo y el maestro Mascheroni. La audición fue un fracaso pero Janzel no tiró la toalla y siguió apoyando a tan peculiar artista. Junto con unos amigos arrendaron el teatro y el nombre de Manuel Utor apareció en los carteles de La Africana, única ópera que se sabía. El 25 de enero de 1903, el famoso teatro de ópera barcelonés se llenó de amigos de <> venidos desde la Barceloneta para aplaudir a su ídolo. La representación se desarrolló sin sustos y sin grandes sobresaltos, llegando incluso la ovación tras cantar la famosa romanza <> del cuarto acto. Desde los pisos cuarto y quinto del teatro, lugar ocupado por los amigos del cantante, los vivas, bravos y gritos de aliento, llegaban al escenario para satisfacción del cantante y de su mecenas. Pero este triunfo se trocó en fracaso al llegar el dúo con Selika. Manuel comenzó a dudar, a írsele la música, a olvidar la letra y a suplirla con palabras catalanas, lo que hizo que la soprano sufriera un ataque de risa que le impidió cantar. A pesar de todo, la obra terminó sin mucho escándalo pero fue el fin de este popular cantante. Había sido su debut y despedida en el Gran Liceo. Siguió cantando pero volvió a sus escenarios naturales, los cafés y las tabernas de marineros donde tan popular había sido. Había vivido un sueño del que despertó con ese estrepitoso fracaso y su gran voz quedó sólo para un público que se entusiasmaba con sus personales romanzas. Murió en la Casa de Caridad de su barrio el 1 de julio de 1946, soñando, imaginamos, con aquella Africana imposible.

Bibliografía: F. Hernández Girbal, Cien cantantes españoles de ópera y zarzuela.

 
 

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